Hay etapas en las que el deseo sexual parece estar muy presente y otras en las que simplemente disminuye, cambia o desaparece por un tiempo. Para muchas personas esto genera preocupación, especialmente cuando no entienden qué está pasando. Empiezan las preguntas: “¿Ya no me atrae mi pareja?”, “¿Será la edad?”, “¿Qué me está pasando?”, “¿Por qué antes sentía más deseo y ahora no?”. Incluso quienes están solteros pueden experimentar esa misma confusión cuando sienten que han perdido interés en conocer a alguien, en conectar íntimamente o simplemente en explorar su propia sexualidad.
Lo primero que tenemos que entender es que el deseo no funciona como un interruptor que debería estar siempre encendido. Es una respuesta compleja en la que participan el cerebro, las emociones, el cuerpo, las hormonas, el estrés, el descanso y también el momento de vida que estamos atravesando.
La neurociencia nos ayuda a entender que el deseo sexual no ocurre solamente en el cuerpo. El cerebro participa activamente en los sistemas de motivación, recompensa, atención y emoción que influyen en nuestra respuesta sexual. Por eso una persona puede sentir amor, atracción y compromiso, pero al mismo tiempo estar tan agotada mentalmente que no tenga espacio para el deseo.
Pensemos en alguien que se levanta temprano, organiza a los niños, trabaja durante todo el día, resuelve problemas, responde mensajes, paga cuentas, llega a casa cansado y todavía tiene una lista de cosas pendientes en la cabeza. Su pareja se acerca buscando intimidad, pero su cuerpo responde con cansancio. Muchas veces ese momento se interpreta como rechazo, cuando en realidad puede ser una señal de saturación.
Esto ocurre porque nuestro sistema nervioso responde a las demandas de la vida. Cuando vivimos bajo estrés constante, el cuerpo se mantiene en una especie de alerta continua. Nuestra atención se dirige a lo urgente, a lo que debemos resolver, a aquello que percibimos como amenaza o responsabilidad. El placer, en cambio, suele necesitar condiciones diferentes: presencia, seguridad, descanso y la capacidad de estar en el momento. Es difícil escuchar una melodía suave cuando hay una alarma sonando al mismo tiempo. La melodía no desapareció, pero el ruido ocupa toda nuestra atención. De manera similar, el deseo puede seguir ahí, aunque cubierto por cansancio, preocupaciones o tensión acumulada.
También es importante saber que el deseo no aparece igual en todas las personas.
Algunas sienten deseo de manera espontánea, casi como una chispa que aparece de repente. Otras pueden experimentarlo de una manera más gradual, después de sentirse tranquilas, conectadas, cuidadas o emocionalmente presentes. A veces el deseo aparece después de una conversación, de un abrazo, de una caricia o de un momento de cercanía que se siente seguro y deseado. Eso no significa que nadie deba obligarse a tener intimidad esperando que “eventualmente aparezcan las ganas”. El consentimiento siempre debe ser claro y libre. Significa simplemente que nuestra sexualidad es mucho más dinámica de lo que normalmente nos enseñaron.
Otro error común es medir el amor según la frecuencia del deseo. Una persona puede pensar: “Si ya no me busca como antes, entonces ya no me ama”, o “si yo tengo menos ganas, quizás ya no siento lo mismo”. Pero amor y deseo no son exactamente la misma cosa. Pueden relacionarse, pero no siempre avanzan al mismo ritmo. El deseo puede disminuir durante etapas de estrés, maternidad o paternidad, cambios hormonales, falta de sueño, enfermedades, uso de ciertos medicamentos o simplemente por la carga emocional de la vida. También puede aumentar en otras temporadas. El cuerpo cambia y nuestra sexualidad cambia con él.
Eso le pasó a Marcela. Durante años se consideró una persona con mucho deseo, pero después de varios meses de presión laboral y cambios personales comenzó a sentir que algo en ella se había apagado. Pensó que era un problema en su relación. Luego pensó que era la edad. Después comenzó a preocuparse porque “ya no era la misma”. Sin embargo, cuando empezó a observar su vida completa, entendió que llevaba meses durmiendo mal, trabajando demasiado y viviendo con un nivel de ansiedad constante. No había perdido su sexualidad.
Había perdido espacio para sentirla. Cuando comenzó a descansar mejor, a poner límites y a recuperar momentos para ella, algo empezó a cambiar poco a poco.
También hay que decirlo: no toda disminución del deseo debe normalizarse sin mirar más allá. Si el cambio es repentino, persistente o viene acompañado de otros síntomas físicos o emocionales, es importante conversar con un profesional de salud. Algunos medicamentos pueden influir en la libido, al igual que ciertos cambios hormonales o condiciones médicas. Buscar información y atención no significa dramatizar el problema. Significa cuidar el cuerpo con responsabilidad.
Y esto también aplica a quienes no tienen pareja. Vivimos en una sociedad que muchas veces relaciona sexualidad con actividad sexual, como si una persona solo estuviera viviendo plenamente su sexualidad cuando tiene pareja o relaciones íntimas. Pero la sexualidad también incluye la relación que tenemos con nuestro cuerpo, nuestros límites, nuestra autoestima, nuestros valores, nuestra capacidad de dar y recibir afecto y la manera en que tomamos decisiones sobre nuestra vida íntima. Una persona soltera puede estar viviendo una etapa de gran crecimiento sexual y emocional sin necesidad de estar en una relación.
Desde una mirada espiritual también podemos aprender algo importante. Muchas personas crecieron recibiendo mensajes de vergüenza sobre el cuerpo y el deseo, cuando en realidad nuestro cuerpo merece ser tratado con respeto, dignidad y cuidado. La fe puede ayudarnos a mirar nuestra sexualidad no desde el miedo, sino desde la conciencia. No solamente preguntarnos qué sentimos, sino qué hacemos con eso que sentimos, cómo cuidamos nuestro cuerpo y cómo respetamos el cuerpo y los límites de los demás.
Quizá agosto sea un buen momento para cambiar la pregunta. En lugar de pensar “¿qué está mal conmigo?”, podríamos preguntarnos “¿qué ha estado viviendo mi cuerpo últimamente?”. Tal vez necesita descanso. Tal vez necesita menos presión. Tal vez necesita una conversación pendiente, atención médica, más tiempo personal o simplemente una pausa. A veces queremos recuperar el deseo sin cambiar ninguna de las condiciones que lo están apagando.
Porque el deseo no es una prueba de amor ni una medida de nuestro valor. Es una respuesta viva que cambia con nosotros. Y algunas veces, cuando pensamos que se fue, no desapareció. Solo está esperando que volvamos a escucharnos
Angie Forigua
Sex & Life Neurocoach
www.creserevoluciona.org
