Mi familia sobrevivió al sismo del 10 de agosto. Yo lo viví a miles de kilómetros, marcando números que no contestaban. Una columna sobre la distancia, la culpa de quien está a salvo y hasta dónde llegan los nuestros.
POR: Verónica Mejía
El arte de cuidarse
El primer mensaje llegó por WhatsApp. Una familiar preguntaba si alguien sabía cómo estaban nuestros padres después del terremoto.
Dos minutos después escribió mi hermana: “Hermana, un terremoto”. Nada más.
Le respondí y el mensaje no llegó. La llamé y tampoco. Su celular se había quedado sin señal. Entonces llamé a mi mamá. Una vez. Otra. Otra más.
Mi mamá vive sola. Es mayor, y eso aumenta mi preocupación, porque despierta ese impulso de querer protegerla. Pero tampoco contestaba.
Durante casi dos horas hice lo único que se puede hacer desde la distancia: llamar, a la familia, a los amigos, a quien fuera. A nadie le entraba la señal.
La mente no lleva bien los silencios. Cuando no tiene información, inventa respuestas. Pensé que la casa de mi mamá se había derrumbado. Me tranquilizaba: seguro está bien. Luego imaginaba su desespero al ver destruido lo que construyó durante tantos años. Y apareció el pensamiento que no quería pensar: podía estar debajo de los escombros.
Yo estaba a miles de kilómetros y, sin embargo, mi cuerpo parecía estar allá. Náuseas, un desespero en el estómago. Caminaba, tomaba agua, me sentaba, volvía a levantarme, llamaba, lloraba.
Ese lunes 10 de agosto, un sismo de magnitud 7,4 sacudió a Colombia, el Eje cafetero y el Valle fueron las zonas más golpeadas. Pero yo no necesitaba entender de epicentros ni de profundidades. Necesitaba escuchar dos palabras: “estamos bien”.
Al fin contestó la pareja de mi hermana. Habían salido a buscar a mi mamá y ya estaban con ella.
Paré de temblar.
Mi mamá no. Lloraba sin consuelo y me dijo algo que todavía escucho con claridad: “Sentí la muerte muy cerca. Nunca en mi vida había tenido tanto miedo”.
Quise abrazarla. Y ahí la distancia dejó de ser un dato geográfico: se convirtió en impotencia.
Sentí alivio porque estaban bien y sus casas seguían en pie. Pero también apareció algo que me costó admitir: sentí alivio de no haber estado allí. Pensé en mi esposo, en nuestra vida acá, en que quizá por algo la vida me había sacado de allá. Y enseguida me incomodó haberlo pensado. ¿Cómo se agradece estar a salvo cuando la gente que una ama acaba de sentir que podía morir?
El cuerpo aquí, el corazón allá
Richard Davidson, neurocientífico de la Universidad de Wisconsin-Madison, ha dedicado buena parte de su trabajo a estudiar cómo reaccionamos emocionalmente y cómo nos recuperamos después de situaciones intensas. Una de las ideas que atraviesa sus investigaciones sobre resiliencia es sencilla: no solo importa cuánto nos afecta algo, sino cuánto tarda nuestro sistema emocional en volver a sentirse seguro.
A mí me hizo sentido.
La llamada había llegado. Ya sabía que estaban vivas. Sabía que estaban juntas. Pero mi cuerpo tardó un poco más en creerlo.
Desde aquella mañana he pensado mucho en nosotros, los que vivimos lejos. En esa extraña experiencia de preparar el desayuno mientras lees una noticia que te rompe. De llevar a tus hijos al colegio pensando en tus seres queridos. De ir al mercado mientras por dentro sigues esperando una llamada.
Porque la vida del migrante tiene esa contradicción: el mundo no se detiene, aunque el corazón sí. Y quizá lo más difícil sea eso: tener que seguir funcionando cuando emocionalmente estás en otro lugar.
¿Hasta dónde llegan los nuestros?
Durante los días siguientes miré demasiadas imágenes del terremoto. Una me golpeó en particular: la destrucción de un edificio muy reconocido. Conozco esas calles. Ahí almorcé muchas veces. Ahí estaba la joyería donde compré mi anillo de matrimonio. Pensé en la mujer que me lo vendió, en su negocio, en todos los años de trabajo que puede haber detrás de ese pequeño local. No sé qué pasó con ella.
Y pensé en una frase que circuló después del terremoto en redes sociales: “los míos están bien, pero los míos no están bien”. Porque, ¿dónde terminan los míos? ¿En mi mamá, en mi hermana, en mis amigos? ¿O también son míos la mujer de la joyería, la vecina, la amiga a la que hace meses no llamo, los que hablan con mi acento, las calles que ahora reconozco desde una pantalla?
Uno puede irse de un país. Lo que resulta difícil es que la partencia desaparezca.
Yo he atravesado momentos difíciles y sé lo que es descubrir que el mundo sigue girando aunque el tuyo se haya detenido. Duele que algunas personas no pregunten. Que otras pregunten una sola vez, como quien tacha un pendiente. Que algunas desaparezcan porque no saben qué decir. Y que el silencio de los demás, a veces, se sume al dolor que ya estás cargando.
He aprendido a decir “estoy aquí”
Pero con los años el dolor me fue enseñando un idioma nuevo: el de la compasión. Cuando uno ha llorado de verdad, reconoce ciertos silencios. Cuando ha tenido miedo, entiende el miedo ajeno. Cuando ha sentido abandono, comprende lo que vale quedarse.
Quizá por eso ya no me sale tan fácil decir “todo va a estar bien”. Hay dolores para los que nadie tiene esa garantía. He aprendido a decir otra cosa: “estoy aquí”. No soluciona una tragedia, pero puede evitar que alguien la atraviese completamente solo.
Eso intenté hacer desde acá. Busqué a varias amigas. Una me contó que su apartamento quedó inhabitable: no podía entrar ni a sacar su ropa, estaba con su hijo y necesitaba empezar por lo básico. Le envié una pequeña ayuda. No reconstruí una ciudad. Ayudé a una persona.
Y esa acción me recordó algo que intento aplicar cuando la angustia me empuja a querer hacerlo todo: volver a lo concreto. ¿Qué sí puedo hacer hoy? A veces es llamar. A veces enviar algo. A veces escuchar. Y muchas veces, volver a preguntar unos días después, cuando las noticias ya cambiaron y quienes sufrieron siguen intentando reconstruir.
También me repito, ya sin vergüenza, que la angustia es válida. La impotencia también. Incluso ese cansancio extraño después de horas de noticias, llamadas y mensajes. Cuando llevo demasiado tiempo pegada al teléfono, lo suelto, tomo agua, camino, respiro. No es indiferencia: es entender que informarse y hacerse daño no son la misma cosa.
Me queda una pregunta que no logro sacarme de la cabeza: ¿cuántas veces alguien necesitó que nos quedáramos y nosotros, sin saber qué decir, simplemente nos fuimos? Creemos que acompañar exige respuestas, y tal vez por eso nos alejamos cuando no las encontramos. Pero acompañar quizá sea algo más sencillo: estar, seguir preguntando, no desaparecer cuando pasa la urgencia.
Porque a veces no necesitamos que nos salven. Solo necesitamos descubrir quién es capaz de quedarse cuando nuestra vida empieza a temblar.
Hoy, mientras escribo, miro mi mano. El anillo sigue aquí. Viajó miles de kilómetros desde aquella joyería que ya no se ve como la recuerdo. De la mujer que me lo vendió y que no sé nada.
Y quizá ahí esté la respuesta a la pregunta que me dejó este terremoto: los míos no terminan donde termina mi familia. A veces llegan hasta una calle, una voz, un recuerdo, una persona cuyo apellido ni siquiera conozco.
Nos leemos en la próxima.
Si la tierra no vuelve a temblar.
