Hay noches en las que uno no duerme: simplemente piensa, acostada. Una columna sobre el agotamiento de aparentar que podemos con todo y la madrugada en que decidí dejar de hacerlo.
POR: VERÓNICA MEJÍA
EL ARTE DE CUIDARSE
Son las 3:19 de la mañana. En casa todos duermen: se escucha el zumbido del aire acondicionado, los ronquidos de mi esposo y la respiración suave de mi hija, que estos días se acomoda en la mitad de la cama. Todos descansan. Yo no.
El silencio, en lugar de calmarme, enciende mis pensamientos. Entonces aparece la lista: qué cocinar mañana, la llamada que no hice, el mercado, la ropa que olvidé sacar de la secadora, el carro casi sin gasolina, la cita que no le cumplí a alguien, las cuentas por pagar. Y debajo de todo eso, la culpa. La culpa de sentir que no puedo con todo. Ni siquiera conmigo misma.
Hay noches en las que uno no descansa: simplemente piensa, acostada, con los ojos abiertos en la oscuridad. Y se pregunta lo mismo de siempre: ¿hasta cuándo voy a tener que fingir que puedo con todo, sin que nadie lo note?
De día esos pensamientos se diluyen. Los tapa el café de la mañana, las preguntas interminables de los hijos, el tráfico, el afán por llegar a tiempo a una reunión. La rutina, que muchas veces ni siquiera coincide con la agenda que una había planeado.
Pero de noche no hay ruido que los disimule. Y la mente, sin distracciones, se vuelve cruda. Reclama, exige, confronta: “no organizas bien tu tiempo”, “podrías dar más”, “otras sí pueden, ¿tú por qué no?”.
Ahí es donde todo aprieta. La cabeza nos drena la energía, cuestiona cada cosa que hicimos y va desgastando, de a poco, el amor propio. Como si no mereciéramos una noche entera de sueño, un descanso de verdad. Nos entrenaron para cumplirle a todo el mundo, menos a nosotras mismas
Sobrevivir no es vivir
El neurocientífico Joe Dispenza describe cómo muchas personas viven atrapadas en un estado permanente de supervivencia, en el que el cuerpo termina acostumbrándose, casi químicamente, al estrés. Lo entendí leyéndolo, pero lo había sentido mucho antes: por eso nos cuesta tanto descansar, incluso cuando por fin tenemos el tiempo para hacerlo.
Y ese cansancio, sin que nos demos cuenta, empieza a filtrarse en todo. En la preocupación que se dispara por cualquier cosa. En el tono irritado con el que contestamos. En esos días en que hasta el agua se nos quema y lo único que queremos es cancelar todo y no contestar ni el teléfono.
No es flojera. No es desagradecimiento. No es queja. Es admitir que estamos emocionalmente colapsadas, saturadas de exigencias y de expectativas ajenas. Y que la mente, agotada, ya no sabe apagarse: se queda en alerta aunque el cuerpo esté rogando por parar.
Cuidarse es más simple de lo que creemos
Hace un tiempo, en una de esas madrugadas en las que la ansiedad se apoderaba de todo mi cuerpo, entendí que no podía resolverlo todo sola. Que necesitaba pedir ayuda. Que tenía que desenmascarar esa mentira que me repetía hacía años: “ya casi lo logro”.
Así que hice algo muy simple. Recuperé un par de cosas que había aprendido en algunos cursos, en esa búsqueda casi desesperada de una respuesta a la culpa que me perseguía de noche. Enfoqué la energía en mi respiración: inhalé y exhalé profundo durante tres minutos. Tomé agua. Apagué el celular. Y me repetí, como un pequeño ancla, “algo maravilloso me va a pasar mañana”. Mis pensamientos no desaparecieron, pero poco a poco dejaron de gritar.
Ahí entendí que cuidarse no es cumplir una agenda milimétrica: despertarse a las cinco, meditar, tomar agua con vinagre, prender una vela, hacer ejercicio. Cuidarse son estos gestos pequeños. Y, sobre todo, aceptar que no todo tiene que salir perfecto.
Es perdonarse cuando la sopa quedó simple. Cancelar un plan sin inventar excusas. Poner límites. Decir que no. Entender que el descanso no es un premio que solo nos ganamos cuando ya estamos estallando por dentro. Porque cuando una explota, el cuerpo pasa la cuenta. Y casi siempre empieza por lo mismo: el sueño. Mis sueños.
Sé que, aunque suene sencillo, empezar es difícil. No todas tenemos las mismas herramientas: acceso a salud mental, a una terapia, a alguien que nos acompañe; a veces ni siquiera el tiempo o la calma para intentarlo. Y la mente, mientras tanto, ya normalizó vivir así.
Nos volvimos expertas en anticipar lo que podría salir mal: que el jefe se moleste por un correo que no respondí a tiempo, que mi hija se sienta a un lado porque no jugué con ella, que mi esposo se incomode por un mensaje que dejé en visto hace tres días. Vivimos físicamente aquí, pero la cabeza siempre está entre el pasado y el futuro. Casi nunca en el presente, que es justo donde está pasando la vida.
La versión que mostramos
Porque, al final, todas cargamos una especie de doble vida. Está la versión que mostramos, la que sonríe en las reuniones aunque tenga ganas de llorar, la que responde “todo bien” con el pecho apretado y está la versión real, esa que solo aparece en el silencio de la madrugada.
Y hay una forma de esa doble vida que conozco de cerca: la de quienes migramos.
Migrar no es solo cambiar de país. Es vivir partida entre lo que tenemos aquí y lo que dejamos allá. Es sentirse sola aun estando acompañada, extrañar en silencio, sonreír con el corazón roto. Es fingir seguridad mientras aprendes una ruta nueva, otro idioma, otra cultura, y respondes “todo está muy bien” casi por reflejo. Es empezar de cero justo cuando los demás dan por hecho que ya te acostumbraste.
Quizá de ahí nace esta columna. De la vida real: la que no alcanza a cumplir con la agenda perfecta, la que mezcla familia y trabajo, dudas, cansancio invisible, miedos que no admitimos. De esas noches de insomnio que, a su manera, terminan siendo más honestas que muchas conversaciones del día.
Quiero hablar de todas las versiones en las que nos convertimos en una sola jornada. De lo fuertes que parecemos por fuera y de cómo, a veces, esa fortaleza nos va vaciando por dentro. De hábitos que sí caben en agendas imperfectas. Del entrenamiento mental, no como una moda, sino como una forma de mirar hacia adentro, de reiniciarse y entregar una versión un poco mejor en cada amanecer. Y quiero invitarte a darte permiso de convivir con todos tus “yo”.
Porque estoy casi segura de que no estamos cansadas de nuestra vida. Estamos cansadas de creer que tenemos que poder con todo, y además hacerlo perfecto.
Son las 3:46 de la mañana. La casa sigue en silencio y, por primera vez en horas, mis pensamientos también empiezan a desvanecerse. Entendí algo simple: el autocuidado empieza el día en que dejamos de sobrevivir para empezar a vivir.
Me quedo con una idea de la psiquiatra española Marian Rojas Estapé: aprender a cambiar el “tengo que hacerlo todo bien” por un “lo hago lo mejor que puedo”.
Nos leemos en la próxima.
Si el insomnio me deja.
