Cada minuto, 57 mujeres dan a luz por cesárea. Mientras tanto, seguimos actuando como si no pasara nada.
Como si la forma más común de nacer en el mundo moderno fuera un detalle menor.
La cesárea es hoy la cirugía mayor más realizada del planeta. No es una excepción, no es una rareza, no es un “plan B”. Y, sin embargo, seguimos hablándole a la sociedad como si lo fuera. La tratamos como un trámite médico, cuando en realidad es una decisión que deja huella en cuerpos, mentes y sistemas de salud.
Normalizamos la cirugía, pero evitamos la conversación
Durante años, la cesárea fue una intervención extrema. Hoy, en muchos países, es la vía de nacimiento predominante. Se agenda, se vende como segura, rápida y controlada. Y punto.
Lo que casi nunca se dice es que frecuencia no es sinónimo de inocuidad.
Que algo ocurra millones de veces no lo vuelve banal.
Una cesárea es una cirugía abdominal mayor. Punto. Con bisturí, sangrado, dolor, recuperación y posibles complicaciones. Pero en el discurso público, ese hecho se diluye. Se habla de “comodidad”, de “evitar el dolor”, de “mejor planificación”, mientras se omite lo esencial: toda cirugía tiene costos, incluso cuando sale bien.
El cuerpo no olvida lo que el sistema minimiza
Muchas mujeres atraviesan cesáreas sin sentirse escuchadas, sin comprender completamente lo que ocurre, sin que su dolor —físico o emocional— sea validado. Algunas desarrollan depresión posparto, otras síntomas de estrés postraumático. Y aun así, cuando lo dicen, se les responde con frases tranquilizadoras:
“Lo importante es que el bebé esté bien”.
Como si la salud materna fuera un detalle secundario.
Como si sobrevivir fuera suficiente.
También hay consecuencias para quienes nacen
Decir que el modo de nacimiento no importa es cómodo, pero falso.
Cada vez hay más evidencia de que nacer por cesárea, especialmente sin trabajo de parto, cambia la forma en que el recién nacido se adapta al mundo: cómo respira, cómo se coloniza su microbiota, cómo se entrena su sistema inmunológico.
No es alarmismo. Es biología.
No es culpa. Es información.
Negarlo no protege a las familias; las deja desinformadas.
El fetiche de las cifras: muchas, pocas, ¿y luego qué?
Los sistemas de salud se obsesionan con una pregunta absurda:
¿tenemos demasiadas cesáreas o muy pocas?
La respuesta correcta es otra:
¿qué tan bien salen la madre y el bebé después?
Reducir cesáreas sin mirar resultados puede ser tan irresponsable como indicarlas sin criterio. El nacimiento no es una estadística que mejorar; es una experiencia humana con consecuencias reales.
Autonomía sin información no es libertad
Sí, una mujer puede pedir una cesárea. Y debe ser escuchada.
Pero pedir algo sin información completa no es ejercer autonomía: es decidir a ciegas.
La medicina falló cuando convirtió la cesárea en un producto fácil de ofrecer y difícil de cuestionar. Falló cuando dejó de explicar riesgos por miedo a incomodar. Falló cuando prefirió el silencio antes que una conversación honesta.
La cesárea no es el problema. El problema es cómo la usamos.
La cesárea salva vidas. Muchas.
Pero usada sin reflexión, sin preparación y sin transparencia, también revela las grietas de nuestro sistema de salud: la prisa, la comodidad institucional, el miedo a la demanda legal, la falta de tiempo para acompañar.
La pregunta ya no es si hacemos demasiadas cesáreas.
La pregunta es si estamos siendo honestos sobre lo que implican.
Porque al final, no se trata solo de nacer.
Se trata de qué tan dispuestos estamos a decir la verdad sobre cómo empezamos la vida.
