POR GEINER MENDOZA

Cuando hablamos de deporte infantil y juvenil, especialmente de procesos de formación en clubes y selecciones, es muy fácil concentrar nuestra mirada en el resultado: quién ganó, quién perdió, cuántos puntos hizo determinado jugador o jugadora, quién fue campeón y quién quedó eliminado. Los marcadores hacen parte de la competencia y, por supuesto, ganar también es una experiencia importante dentro del deporte, pero cuando se trata de niños y niñas que apenas están construyendo su camino deportivo y personal, considero que debemos mirar mucho más allá del resultado.
Cada niño y cada niña que llega a una cancha trae consigo una historia, una personalidad, unos sueños y también unos miedos. Algunos llegan con la ilusión de convertirse algún día en grandes deportistas, otros simplemente porque quieren compartir con sus amigos, hacer actividad física o descubrir algo que les apasiona. Con el paso del tiempo, algunos desarrollarán un talento extraordinario y otros encontrarán en el deporte una herramienta para fortalecer su carácter, aprender a trabajar en equipo y descubrir capacidades que ni siquiera sabían que tenían.

Y es precisamente allí donde el papel del entrenador adquiere una dimensión mucho más importante.Un entrenador de formación no solamente enseña a jugar; también enseña a vivir.
Cuando un niño o una niña entra a una cancha, el entrenador tiene frente a sí mucho más que un deportista al que debe preparar para competir. Tiene una persona que está aprendiendo a relacionarse con los demás, a manejar sus emociones, a enfrentar la frustración, a asumir responsabilidades y a entender que no siempre las cosas salen como queremos. Cada entrenamiento puede convertirse entonces en una oportunidad para formar valores que van mucho más allá del deporte.
En una cancha se aprende que para conseguir un objetivo hay que trabajar, que el talento necesita disciplina y que ningún resultado importante se construye de un día para otro. También se aprende que hay momentos en los que somos protagonistas y otros en los que debemos apoyar a nuestros compañeros, que podemos equivocarnos sin que eso signifique que somos malos y que una derrota no tiene por qué convertirse en una razón para abandonar.

La manera como enseñamos a perder puede ser tan importante como la manera como enseñamos a ganar.
En los procesos de formación he podido comprobar que cada niño y cada niña tiene un ritmo diferente. No todos desarrollan sus capacidades al mismo tiempo ni responden de la misma manera ante una exigencia. Hay quienes necesitan mayor confianza para atreverse a competir, quienes requieren más tiempo para dominar una habilidad y quienes, a pesar de tener grandes condiciones físicas y técnicas, necesitan aprender a manejar sus emociones.
Por eso considero que uno de los mayores desafíos de un entrenador es aprender a conocer a sus deportistas. No se puede formar a todos de la misma manera porque no estamos formando máquinas, estamos formando personas.
Exigir hace parte del proceso, porque el deporte también nos enseña disciplina y compromiso, pero exigir no significa humillar, generar miedo o hacer sentir a un niño que solamente merece reconocimiento cuando gana. El entrenador debe encontrar ese equilibrio entre enseñar, corregir, motivar y acompañar, entendiendo que una palabra puede cambiar la manera como un joven se percibe a sí mismo.
A veces olvidamos el poder que tiene la voz de un entrenador.
Un “yo creo en ti” puede darle confianza a un niño que estaba pensando en abandonar. Una corrección hecha con respeto puede ayudarle a entender que equivocarse es parte del aprendizaje. Y una conversación después de una derrota puede enseñarle algo que probablemente le servirá durante toda su vida: perder no nos define; lo que hacemos después de perder sí puede definirnos.
Con los años, además, uno comienza a entender que el verdadero resultado de un proceso de formación no siempre aparece inmediatamente. A veces hay que esperar varios años para descubrir hasta dónde llegó aquella niña que comenzó entrenando con nosotros, aquel niño que aprendía sus primeros fundamentos o aquella joven que alguna vez salió de una cancha frustrada porque no había conseguido el resultado que esperaba.
Hoy tengo el privilegio de ser testigo de lo que pueden llegar a construir esos procesos.
He visto a jugadoras que comenzaron su camino en una cancha de formación y que hoy representan a Colombia, hacen parte de procesos de Selección Colombia, compiten en escenarios nacionales e internacionales y han llegado a algunos de los clubes más importantes y exigentes del mundo. También he visto cómo el deporte puede abrir puertas que van mucho más allá de una competencia: jóvenes que han convertido su disciplina y su talento en oportunidades académicas, llegando a universidades de Estados Unidos como student-athletes, con becas que les permiten continuar sus estudios mientras siguen creciendo como deportistas.
Y para un entrenador, pocas cosas pueden generar mayor satisfacción que ver ese proceso.
Porque detrás de cada convocatoria, de cada campeonato, de cada contrato, de cada beca y de cada oportunidad internacional existen cientos de horas de entrenamiento, sacrificios familiares, madrugadas, viajes, derrotas, lesiones, dudas y momentos en los que probablemente más de una de esas jóvenes pensó que no podía continuar.
Ahí es cuando uno entiende que el trofeo no siempre es el premio más grande.
El verdadero premio está en mirar hacia atrás y reconocer que aquella niña que un día llegó a la cancha con un sueño hoy está jugando por su país, estudiando en una universidad en Estados Unidos o compitiendo al más alto nivel internacional. Está en saber que el deporte no solamente le permitió desarrollar una habilidad, sino que le dio herramientas para construir un proyecto de vida.
Esas son las victorias que no aparecen en un marcador.
Es la victoria de aquella deportista que comenzó siendo tímida y terminó aprendiendo a confiar en sí misma. Es la de la niña que tenía miedo de equivocarse y poco a poco descubrió que podía intentarlo nuevamente. Es la de la jugadora que aprendió a respetar a su rival, a aceptar una decisión arbitral, a reconocer el esfuerzo de una compañera y a celebrar el éxito de otra sin sentir que eso disminuía su propio valor.
Esas pequeñas victorias también son parte de la formación.
Y en este camino, entrenadores y familias tenemos una responsabilidad enorme. Los niños y niñas necesitan adultos que comprendan que el deporte debe ser un espacio de crecimiento y no una extensión de las expectativas de los mayores. Necesitan sentir que pueden competir, soñar y esforzarse al máximo sin tener que cargar con la presión de demostrar constantemente que son los mejores.
Porque detrás de cada deportista hay una persona que está aprendiendo a conocerse y que necesita sentirse valorada incluso cuando las cosas no salen bien.
Quizás dentro de algunos años nuestros jugadores y jugadoras no recuerden el marcador exacto de aquella final, ni cuántos puntos hicieron en determinado partido. Tal vez tampoco recuerden todos los ejercicios de aquel entrenamiento. Pero sí es posible que recuerden al entrenador que los escuchó cuando lo necesitaban, a quien creyó en ellos cuando todavía no creían en sí mismos, a quien les enseñó que la disciplina podía abrirles caminos y que el respeto siempre debía estar por encima de cualquier resultado.
Ahí está, para mí, el verdadero sentido de la formación deportiva.
Formar campeones puede llevarnos a ganar un torneo, pero formar personas puede transformar una vida.
Y cuando un niño o una niña sale de una cancha con más confianza, más disciplina, más capacidad para trabajar en equipo y con mejores herramientas para enfrentar las dificultades de la vida, entonces podemos decir que ese proceso cumplió su verdadero propósito.
Porque al final, el marcador puede decir quién ganó el partido, pero solamente el tiempo nos dirá qué tipo de personas ayudamos a formar.
Y después de tantos años, cuando uno puede mirar a sus jugadoras representando a Colombia, triunfando en escenarios internacionales, jugando en grandes clubes o estudiando gracias al deporte en universidades de Estados Unidos, entiende que quizás esas son las medallas más importantes que puede recibir un entrenador.
No son medallas que se cuelgan en el pecho.
Son historias de vida que se llevan para siempre, y ese, sin duda, es el resultado que más debería importarnos.
Acerca del autor:
GEINER MENDOZA
Licenciado en Educación Física, Recreación y Deporte, oriundo de San Juan Nepomuceno, Bolívar, y con 23 años de trayectoria como docente y entrenador de voleibol.
Actualmente se desempeña como docente de Educación Física y Head Coach de los procesos de formación en voleibol del Colegio Jorge Washington de Cartagena. Es fundador y Head Coach del Club Titans de Cartagena, donde lidera los diferentes procesos de formación y desarrollo deportivo.
Su experiencia también incluye su trabajo como entrenador de las Selecciones de Voleibol de Bolívar en las categorías infantil y menores, consolidando una trayectoria dedicada a la formación de nuevas generaciones de deportistas.
El Coach Geiner, se suma a América News como columnista, desde donde compartirá su mirada y experiencia sobre el deporte, la formación, el voleibol y las historias que nacen dentro y fuera de las canchas.
